Vínculos a medida: por qué la búsqueda de paz mental nos está dejando solos
Este es el “año de la insularidad”. Según el Edelman Trust Barometer 2026, el presente está marcado por un recelo a lo distinto. Frente a esto, la tendencia de "limpiar vínculos" redefine la relación con los demás y tensiona la identidad.
En el último tiempo, resuenan frases como “me alejo por mi paz mental”, “sus vibras son muy distintas, un poco tóxicas” o “sin explicaciones a nadie”. Con ellas, se instala una idea de “limpiar vínculos”: distanciarse de los demás para preservar la salud mental y evitar el conflicto. Esta “práctica de cuidado” redefine la relación con los demás, pero también nuestra propia identidad.
La tranquilidad parece buscarse cada vez más en el aislamiento. Bajo la promesa de cuidar la salud mental, lo distinto y lo que incomoda empieza a filtrarse. Poco a poco, lo ajeno deja de atravesarnos.
7 de cada 10 personas tienen una mentalidad de confianza insular: desconfían de quienes son distintos a ellos en valores, fuentes de información o estilo de vida. Así lo revela el Edelman Trust Barometer (ETB), un estudio global sobre la confianza social que advierte que el vínculo con el otro es cada vez más de reclusión y recelo.
Estos datos dejan ver algo más profundo. Esta tendencia no solo busca preservar la salud mental sino que también revela un fenómeno global de desconfianza. La paz mental aparece cada vez más asociada a filtrar y achicar el entorno, a sacar lo que incomoda. Cada vez se discute menos, se elude el roce y se evita el encuentro con el otro.
Entonces, ¿estamos protegiendo nuestra salud mental o estamos perdiendo la capacidad de habitar un mundo con lo diferente?
Habitar la diferencia hoy es difícil. Los espacios comunes se reducen y, con ellos, los lugares de diálogo. Los terceros espacios, lugares donde la interacción era casi inevitable, desaparecen. Ya no estamos en plazas ni en cafés, estamos más en burbujas. Esta pérdida evidencia una crisis: la falta de una realidad compartida y disputada, construida en el intercambio. Así lo muestra el ETB: con niveles de desconfianza que caen hasta 30 puntos respecto de quienes poseen una mentalidad más abierta, las personas insulares desarrollan un profundo recelo a instituciones básicas y de consenso mínimo.
Este fenómeno se replica en el espacio digital. Los algoritmos personalizan el consumo y tienden a eliminar cualquier rastro de fricción. Según el ETB, solo el 39% de las personas se expone a fuentes ideológicas diferentes. En esta lógica selectiva, lo distinto no solo aparece menos, sino que muchas veces se invalida por el solo hecho de serlo. Su voz queda anulada, por ejemplo, por una diferencia en la afinidad política.
Incapaces de tolerar el roce con lo distinto, el discurso de la ‘paz mental’ aparece como una vía de escape para esa incomodidad.
“¿Qué ves?/¿Qué ves cuando me ves?/Cuando la mentira es la verdad…” canta Divididos. En un mundo cada vez más aislado y desconfiado, vemos al otro desde la distancia. Un otro ajeno e impermeable que, sin matices, se vuelve incompatible. Es ahí que la etiqueta de “tóxico” o ‘amenaza a la salud mental’ y la narrativa de ‘limpiar vínculos’ cobran sentido.
Pero la insularidad no afecta solo al otro, también erosiona la propia identidad. Cuando el contacto con lo distinto desaparece, se pierde el contraste. Sin esa tensión, la identidad se estanca: deja de transformarse y de cuestionarse. Es en el encuentro con el otro que define sus límites y su forma. La identidad necesita de la diferencia para existir.
Esto no significa que priorizar la salud mental sea un error ni que exista la obligación de sostener vínculos dañinos. Pero, en un contexto de insularidad, el discurso de bienestar puede transformarse en la excusa perfecta para evitar el conflicto o la interacción que perturba. El riesgo surge cuando todo desacuerdo se vive como una amenaza y cuando la paz y la salud mental dejan de ser un límite necesario para convertirse en una justificación para suprimir una incomodidad.
Convencidos de que menos fricción es sinónimo de paz, filtramos nuestro entorno social buscando una sensación de bienestar que se parece cada vez más al aislamiento. El refugio se vuelve una trampa. Así, el ETB muestra que la insularidad se vuelve cada vez más frecuente y se pierde la construcción de un lugar común. El Yo queda vacío, viciado y profundamente solo.
En el año de las islas, habitemos el mar. Un lugar atravesado por corrientes, choques y encuentros; ahí donde lo propio se transforma con lo ajeno.