Entre la moral y la política: la Santa Sede en la toma de decisiones internacionales
El pasado mes de abril el Papa León XIV, líder de la Iglesia Católica, y el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, vivieron una tensa discusión mediática tras el rechazo del sumo pontífice a las amenazas constantes del país norteamericano hacia Irán en el marco de la guerra en Medio Oriente. Estas recientes diferencias discursivas reabrieron el debate acerca del papel mediador y moral del obispo de Roma frente al accionar de los estados y sus políticas, y el desarrollo de su injerencia a lo largo de los siglos.
La moral y la política
El estudio de los hechos políticos vigentes supone realizar una lectura de la teoría política difundida en el devenir histórico, que nos brinde mayor claridad para poder comprender los acontecimientos actuales con exhaustiva profundidad.
Tras el saqueo de Roma en el año 410, San Agustín de Hipona defiende al cristianismo, culpado por la decadencia del Imperio Romano, presentando una visión de la política distinta a la desarrollada por los autores modernos y contemporáneos en su libro “La ciudad de Dios” (2017). En él, argumenta que los gobiernos son necesarios para sostener el orden, pero que estos se encuentran atravesados por el pecado y las ambiciones. Es así que introduce a la moral como aquel factor que puede nutrir a la política de la justicia perfecta. En otras palabras, esto quiere decir que la autoridad es verdaderamente justa si está orientada al bien moral.
Desde ya que esta perspectiva sería altamente criticada por muchos pensadores que vendrían luego. Nicolás Maquiavelo, en su obra “El príncipe” (2008), escribe que el poder de los estados se rige por medio de la lógica de los intereses. Por otro lado, Thomas Hobbes en el “Leviatán” (2007) sugiere que los estados simplemente actúan motivados por la búsqueda de supervivencia y seguridad propia dentro de un sistema internacional anárquico, dejando a un lado la guía con base en la moral.
Más recientemente, en el año 2004, se dio en la Academia Católica de Baviera un importante debate entre el filósofo alemán Jürgen Habermas y el teólogo cardenal Joseph Ratzinger (más tarde papa Benedicto XVI), recogido en el ensayo “Dialéctica de la secularización: Sobre la razón y la religión” (2006). En dicha discusión, Habermas desarrolla que la secularización ha traído un nivel de racionalidad instrumental altamente peligroso y sugiere que no deben descartarse valores religiosos como la solidaridad y la dignidad por parte de la sociedad y los gobiernos. A ello, el teólogo agrega que la razón y la moral religiosa deben complementarse como vía necesaria para alcanzar la justicia, evitando desvincular el pensamiento racional de la fe.
Este debate entre moral e interés continúa presente en las relaciones internacionales contemporáneas y permite comprender el lugar singular que ocupa la Santa Sede dentro del sistema internacional en el siglo XXI.
El papado de Aviñón
Una de las heridas que se abrió producto del conflicto entre el papa León XIV y el presidente Donald Trump tuvo lugar durante una reunión en el Pentágono propuesta por el subsecretario de defensa Elbridge Colby y el embajador vaticano en Estados Unidos, Christophe Pierre, en el mes de enero de 2026. En medio de una acalorada discusión se amenaza al funcionario papal con demostraciones de poderío militar. Este acontecimiento remite al papado de Aviñón, antecedente histórico clave para comprender los riesgos a la autonomía diplomática de la Santa Sede ante la influencia de las grandes potencias.
Durante el siglo XIII, Roma era la residencia habitual del papado. Sin embargo, la profunda inestabilidad política que atravesaban los territorios italianos debilitó las condiciones para el ejercicio de la autoridad pontificia y contribuyó al posterior traslado de la sede papal. Sumado a esto, las tensiones entre la monarquía francesa y la Santa Sede derivaron en una creciente influencia política de Francia sobre el papado. Como consecuencia, la sede pontificia fue desplazada a Aviñón en 1309, donde permaneció durante 67 años. Este hecho quedó asociado en la memoria histórica de la Iglesia a una pérdida de independencia frente al poder secular.
La amenaza por parte de los Estados Unidos y el recuerdo de Aviñón ilustran un mismo problema de fondo: el riesgo de que actores estatales con amplios recursos políticos, económicos o militares condicionen la capacidad de la Santa Sede para actuar con autonomía en el escenario internacional.
Un cambio de mirada: el Tratado de Letrán
A la hora de poder comprender la labor diplomática y moral del Vaticano, se puede tomar como punto de inflexión la firma del Tratado de Letrán el 11 de febrero de 1929. El Tratado de Letrán determinó el fin del poder terrenal del papado, suprimiendo a los estados pontificios y limitándolo al ejercicio de su poder espiritual. En su artículo número 24, la Santa Sede se comprometió a mantener una posición neutral con respecto “a cuestiones temporales entre los demás Estados y a los congresos internacionales reunidos con tal objeto”; si bien se añade la posibilidad de “hacer valer su potestad moral y espiritual”.
Esto significa que la Iglesia adquiere ante el mundo un rol único: una posición como árbitro y también como juez, que defiende y vela por lo que San Agustín denominaría “un poder realmente justo”. Así, la autoridad moral del papa trasciende las fronteras de la propia Iglesia Católica y lo convierte en un actor fundamental de justicia con capacidad de influencia sobre los Estados. Y esta no es una idea nada nueva: el sumo pontífice representó, desde la caída del Imperio Romano de occidente en el año 476, la cabeza del orden político y espiritual de una Europa fragmentada por los feudalismos. Así, el papa tuvo una función legitimadora en el orden político europeo medieval al ser proclamado como “sucesor del emperador romano”. Su figura engloba, desde ese instante, los fundamentos simbólicos y morales necesarios para la construcción de la civilización occidental.
Claro ejemplo de este influyente rol es el discurso pronunciado por el papa Benedicto XVI en la Organización de las Naciones Unidas el 18 de abril del 2008, donde afirmó que: “…el reconocimiento del valor trascendente de todo hombre y toda mujer favorece la conversión del corazón, que lleva al compromiso de resistir a la violencia, al terrorismo y a la guerra, y de promover la justicia y la paz.”
Modelo de “poder blando”
Claramente, la Santa Sede manifiesta su rol preponderante en la política exterior por medio de una serie de estrategias diplomáticas, perfeccionadas en el transcurso de los años. Este potencial de influencia tiene una característica singular: no se ancla al poderío militar. Así, se deduce a la Santa Sede como un ejemplo nítido de poder blando. Según el geopolitólogo Joseph Samuel Nye, el poder blando es “la capacidad de conseguir lo que deseas mediante la atracción en lugar de mediante la coacción o los pagos” (2004). Esta definición describe notoriamente el ejercicio, por parte del papado, de un liderazgo global que genera adhesión entre diversos actores de la comunidad internacional y que se ve legitimado por su propio valor espiritual.
Esta idea puede resumirse en las palabras del profesor y politólogo Juan Negri en una entrevista a Radio Nacional: “El Vaticano tiene un poder blando, un poder más bien desde lo espiritual y lo ideológico.” (2025). Y es que existen numerosos casos (no solo actuales), donde un pontífice logra –y con gran éxito- cambiar el rumbo de la historia con solo hablar y mediar: San Juan XXIII y sus discursos intercesores durante la crisis de los misiles, San Juan Pablo II y la deslegitimación del comunismo, o el Papa Francisco y el acercamiento Cuba-Estados Unidos. Es así como la figura del papa se constituye como una referencia ética internacional capaz de ejercer influencia mediante la autoridad moral y la persuasión.
La Santa Sede y los desafíos del orden global actual
Tras su elección el 8 de mayo del 2025, el papa León XIV se encuentra frente a grandes desafíos que lo fuerzan a dar claridad. Como se ha comentado al inicio, la administración Trump se posiciona de forma amenazadora frente al actual papado, el cual, por su parte, intenta construir un discurso pacificador, haciendo uso de su capacidad diplomática. Situaciones como la guerra en Ucrania o los cruentos enfrentamientos en Medio Oriente brindan oportunidades a la Santa Sede para jugar su rol mediador frente a las grandes potencias y los organismos internacionales, con el fin de dar un cierre a tanto sufrimiento. Las tensiones en otras regiones, como el Caribe y Taiwán, también ponen en jaque la paz y en riesgo el orden mundial actual.
Por otro lado, el avance de la tecnología y la inteligencia artificial generan deseos de respuesta por parte de la sociedad. Esto ha llevado al sumo pontífice a firmar el pasado 15 de mayo la encíclica “Magnifica Humanitas”, donde actualiza la doctrina social de la Iglesia para la era digital. En ella, enfatiza la defensa de la dignidad humana, la justicia social, la paz y la primacía de la persona frente a los desafíos planteados por la inteligencia artificial y las nuevas formas de poder tecnológico.
A nivel interno, la Iglesia Católica se ve atravesada por la división entre las facciones tradicionalistas y quienes defienden una postura modernizada, cuestión de la que León XIV no está exento.
En este contexto, con base en el análisis previo, puede sostenerse que la Santa Sede logró construir una forma singular de influencia internacional basada en legitimidad simbólica, autoridad espiritual y mediación diplomática, que se actualiza a la par del mundo para poder brindar una mirada acorde a los valores cristianos, mismos que han influido en la construcción histórica de occidente durante miles de años. Tal y como sostiene el papa en la introducción a su reciente encíclica: “La magnífica humanidad que Dios ha creado se encuentra hoy ante una elección decisiva: levantar una nueva torre de Babel o edificar la ciudad donde Dios y la humanidad habiten juntos”.
Bibliografía:
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Habermas, J., & Ratzinger, J. (2006). Dialéctica de la secularización: Sobre la razón y la religión. Encuentro.
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Negri, J. (2025, abril 28). Juan Negri: “El Vaticano es un actor geopolítico importante desde su poder simbólico y espiritual”. Universidad Torcuato Di Tella. https://www.utdt.edu/ver_nota_prensa.php?id_nota_prensa=22708&id_item_menu=6
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